ALGUIEN DEBERIA DECIR ¡BASTA!

MONCADA

La visita del papa Francisco, que ha entronizado en el discurso político cubano o sobre Cuba ideas interesantes y magnificas, llamados pertinentes y exhortaciones oportunas, ha dado pie a ciertas especulaciones asociadas a enfoques, que impiden una cabal percepción de la realidad política cubana. Uno de esos fenómenos son los llamados a la necesidad de una presunta reconciliación de los cubanos.

Aunque desfasada, esa retórica confunde, sobre todo cuando alude a los emigrados y hace cripticas referencias a una presunta necesidad de reconciliación interna. No se necesita ser un investigador eminente, ni desclasificar archivos para afirmar que a nivel social y gubernamental no hay en la sociedad cubana hostilidad hacia los emigrados, ni manifestaciones de rechazo o discriminación hacia ellos.

Hace casi cuarenta años, en 1978, cuando en la colonia cubana radicada en Miami surgieron fuerzas, aunque minoritarias y políticamente frágiles que propusieron una actitud constructiva hacia la nación cubana y promovieron un acercamiento nacional, inmediatamente la dirección cubana reaccionó positivamente. Fidel Castro convocó al diálogo.

En noviembre de 1978 viajaron a La Habana cerca de un centenar de emigrados. La agenda del encuentro incluyó autorización a los emigrados para visitar el país, cosa que fue resuelta. En 1979 más de 100 000 compatriotas viajaron a Cuba, y la cifra no hace más que crecer. Al pedido de facilidades para la reunificación familiar, al menos por parte de Cuba, no existen obstáculos.

El asunto más complejo estuvo relacionado con la situación de las personas condenadas por delitos contrarrevolucionarios, que fue saldado con el inmediato indulto de unos 3600 reclusos, todos los cuales, junto con sus familiares, fueron autorizados a salir del país. En los últimos veinte años se efectuaron tres conferencias llamadas de la Nación y la Emigración, y decenas de otros encuentros, incluyendo un elevado número de seminarios sobre Democracia Participativa conducido por emigrados.

Los intercambios de visitas familiares por un doble carril, el envío de remesas en dinero y en especie, el retorno de emigrados que desean reasentarse en el país, y las posibilidades de que vuelvan a trabajar y vivir en su patria es cosa común. ¿De dónde entonces sale la idea de que es preciso reconciliar a personas que no se agreden, no se temen, no se odian, y conviven en perfecta armonía?

Otro asunto es la existencia de personas que en Cuba o fuera de ella, por sus propias razones, se mantienen alejados de sus familias, desaprueban las políticas de conciliación aplicadas durante casi 40 años, e incluso persisten en realizar actividades contrarias a esos esfuerzos.

Otros entuertos, lamentablemente vigentes y que no se relacionan con actitudes hostiles a los emigrados, son la existencia de medidas burocráticas y arbitrariedades aplicadas por organismos cubanos, que crean obstáculos artificiales, y demeritan las políticas estatales respecto a la emigración, y que deberían ser inmediata y definitivamente desmanteladas, de ser posible, de un plumazo.

Lo referido a la pertinencia de una presunta reconciliación nacional sea trata de un ejercicio que manipula y magnifica situaciones reales aunque no de tal relevancia. Aunque hay problemas diversos, y existen elementos de la sociedad cubana que quisieran ejercer, con mayor libertad, el derecho a pensar diferente y expresar más libremente e institucionalmente ese pensamiento, no hay en Cuba una confrontación interna, ni tensiones políticas de envergadura tal que demanden un diálogo.

Tengo la certeza de que tales desencuentros serán resueltos en la medida en que se avance en el perfeccionamiento de las instituciones, se democratice la sociedad, se progrese en la creación de nuevos instrumentos constitucionales y jurídicos, sea más eficaz la administración de justicia, y se profundice la actualización del modelo económico.

Alguien debiera ponerle fin a la retórica que insta a reconciliar lo que esta conciliado. Obviamente, esas acciones corresponden a las instituciones políticas cubanas, en primer lugar al gobierno y al partido, que deben pronunciarse claramente y aportar los elementos para que, de una vez por todas, la reconciliación sea reconocida como lo que es: un hecho. Allá nos vemos.

La Habana, 23 de septiembre de 2015