ANOMALIAS Y OTRAS CONSIDERACIONES

MONCADA

En materia económica, política y social, en América Latina se expresa el axioma de que: “Cuando un organismo anómalo crece, con él crecen las anomalías”.

Conceptualmente el capitalismo latinoamericano es idéntico al europeo o norteamericano, la diferencia radica en el desempeño, así como en las deformaciones estructurales y en las disfuncionalidades incorporadas por el colonialismo en los modelos económicos y políticos entronizados en Iberoamérica.

Mientras en Europa y los Estados Unidos el desarrollo capitalista fue resultado de procesos endógenos, caracterizados por la evolución de las formas de propiedad, las innovaciones tecnológicas, la aparición de la industria maquinizada, el mercado laboral y el surgimiento de las grandes clases sociales; en América Latina el progreso fue importado y la economía diseñada para producir materias primas y bienes con destino a las metrópolis.

Al margen del saqueo a que la región fue sometida, la era moderna no conoce aberración económica mayor que el esquema según el cual, en América, con mano de obra esclava, se producían productos destinados a la industria y el mercado europeo. Así se originó el modelo económico agroexportador que todavía impera y que da la espalda a las necesidades de consumo de la población y a la economía interna.

América Latina nunca aplicó políticas para elevar la capacidad de consumo de las mayorías de modo que su demanda estimulara la economía interna, sino que dio prioridad a la exportación. En la región apenas se registran patentes y, salvo algunas excepciones, no se crean nuevas tecnologías, sino que se importan, como también se hace con los alimentos y muchos rubros que pudieran producirse en los países y crear así tradiciones productivas y puestos de trabajo.

Al fenómeno económico se sumó el modelo político republicano y presidencialista, copiado de Estados Unidos, aunque cooptado por las oligarquías que convirtieron las sillas presidenciales en tronos y a los presidentes en virtuales reyes sin corona. De ese modo las elecciones, la separación de poderes, el parlamentarismo y otras virtudes del liberalismo fueron obviados, deformados y convertidos en papel mojado.

Desafortunadamente, las deformaciones económicas y políticas han sido tan profundas y se han sostenido durante tanto tiempo que su solución no aparece en el horizonte. Ante ese fenómeno los gobiernos de izquierda o desarrollistas intentan utilizar los lucros de las exportaciones de materias primas para generar, desde el estado, un desarrollo interno.

A pesar de extraordinarios esfuerzos y cuantiosas inversiones durante los 30 años que se contó con asistencia soviética, Cuba no logró suprimir las deformaciones estructurales comunes a los países latinoamericanos.

La Isla, que cuenta con una pequeña economía sobre la cual el estado ejerce total soberanía y que, en la búsqueda de eficiencia y racionalidad, realiza una completa remodelación, pudiera crear nuevas oportunidades para resolver algunos de los problemas estructurales y prestar mayor atención al mercado interno y a la elevación del consumo de la población a partir de productos nacionales, opciones crediticias y apropiadas políticas de precios.

Ninguno de los países desarrollados alcanzó los rangos económicos y tecnológicos que ostentan de espalda a la economía interna y al consumo de su población ni tuvo como fuentes de acumulación originaria la exportación y ninguno se resignó a depender de las importaciones para solventar sus necesidades básicas. Probablemente tampoco nadie pueda hacerlo en el futuro, porque va contra la lógica económica que suele ser implacable.

Hasta hace poco, China, que expandió su economía a cuenta de la exportación, parecía ser una excepción hasta que su dirección corrigió el rumbo estratégico y asignó recursos al consumo de su población y dio prioridad a la economía interna. En cualquier caso, la rectificación será difícil y largo el camino. Allá nos vemos.

La Habana, 22 de octubre de 2015