AUSTERICIDIO

Por un extraño giro de la propaganda política y un uso excesivamente liberal de las palabras, la austeridad, una virtud celebrada en todas las culturas, civilizaciones, y expresiones de la fe, es desprestigiada por un equívoco que la equipara al castigo, al empobrecimiento y al estancamiento.

Convencido de que el consumismo y el derroche son defectos de la presente etapa del proceso civilizatorio, no me parece mal que se convoque a la austeridad. Lo incorrecto es deformar la expresión, vaciarla de contenido, incorporarla a una jerga tecnocrática, y convertirla en un eufemismo.

La austeridad, es decir el consumo comedido, el ahorro y la frugalidad, el trabajo prolongado e intenso, la inversión segura, y los estilos de vidas racionales, confortables, saludables y económicamente sostenibles, son la base del éxito económico de la especie humana. La austeridad es contraria al despilfarro y la ostentación, la gula y los excesos. Practicarla y promoverla, es virtud y no defecto.

Por analogía, entendida como como comedimiento en el gasto público y probidad en la administración de los recursos de los contribuyentes, la austeridad fue convertida en categoría financiera legítima. Lo que no es legítimo es su incorporación al credo neoliberal para nombrar las restricciones incluidas en los “paquetes” que el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, y otras organizaciones crediticias imponen a los estados.

Tal como lo interpretan el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, y ahora lo asume la Unión Europea y su Banco Central, la austeridad se utiliza como sinónimo de restricción, y se aplica como castigo a los países que incurren en deudas que, por su volumen, no pueden pagar con sus ingresos normales.

De hecho tales programas de austeridad, ampliamente utilizados en América Latina, significan la intervención de las agencias, bancos y gobiernos acreedores que dictan normas de política económica, financiera, fiscal y monetaria interna de los países implicados, comprometiendo su soberanía.

Los llamados “paquetazos neoliberales” son utilizados para condicionar nuevos y con frecuencia onerosos préstamos destinados a pagar intereses. Así crecen sin cesar tanto la deuda principal como los intereses viejos y nuevos. En muchos casos, como ocurre con Grecia, todos los ingresos, a veces por décadas, no alcanzarían para honrar las deudas.

Surgen entonces los llamados “rescates financieros”, en los cuales las condiciones llamadas de austeridad son todavía más drásticas. De ese modo agencias crediticias, bancos y organizaciones, asumen poderes supranacionales.

Austeridad es para el Fondo Monetario Internacional, entre otras cosas, los recortes del gasto público destinados a financiar las políticas sociales, en especial la salud y educación, la reducción de las pensiones y otras prestaciones asistenciales que benefician o protegen a madres, niños y ancianos a cuenta de los fondos públicos.

Esta manera de entender la austeridad limita e incluso anula la capacidad de los estados implicados para luchar contra la pobreza y la exclusión, proteger a los sectores más vulnerables, y entronizar la justicia social. Los recursos que se restan al gasto destinado a la asistencia social se destinan al pago de deudas y empréstitos.

Esa concepción de la austeridad no es ahorro, sino sacrificio al que se somete a los pueblos. El caso de Grecia no es una excepción sino el más reciente y lamentable ejemplo. Allá nos vemos.

La Habana, 13 de julio de 2015