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Carta abierta a nuestros mártires

Os escribo a todos vosotros y vosotras que habéis dado la vida por la Vida, a lo largo y ancho de Nuestra América, en las calles y en las montañas, en los talleres y en los campos, en las escuelas y en las iglesias, bajo la noche o a la luz del sol. Por vosotros y vosotras, sobre todo, Nuestra América es el Continente de la muerte con esperanza.

Os escribo en nombre de todos nuestros Pueblos y de nuestras Iglesias que os deben el coraje de vivir, defendiendo su identidad, y la terca voluntad de seguir anunciando el Reino, contra el viento y la marea del antirreino neoliberal y a pesar de las corrupciones de nuestros gobiernos o de las involuciones de nuestras jerarquías o de todas nuestras propias claudicaciones. Creemos que mientras haya martirio habrá credibilidad, mientras haya martirio habrá esperanza.

Vosotros, vosotras, lavasteis las vestiduras de vuestros compromisos en la sangre del Cordero. Y vuestra sangre en Su sangre sigue lavando también nuestros sueños, nuestras fragilidades y nuestros fracasos. Mientras haya martirio habrá conversión, mientras haya martirio habrá eficacia. El grano de maíz muriendo se multiplica.

Os escribo contra la prohibición de los poderes de las dictaduras -militares, políticas o económicas-, y contra la cobardía olvidadiza de nuestras propias Iglesias. Bien que ellos y ellas quisieran imponernos una amnistía que fuera amnesia y una reconciliación que sería claudicación. Inútilmente. Sabéis perdonar, pero queréis vivir.

No permitiremos que se apague el grito supremo de vuestro amor, no dejaremos que sea infecunda vuestra sangre.

Tampoco nos contentaremos, superficiales o irresponsables, con exponer vuestros pósters y cantaros en una romería o lloraros en una dramatización. Asumiremos vuestras vidas y vuestras muertes asumiendo vuestras Causas. Esas Causas concretas por las que vosotros y vosotras habéis dado la vida y la muerte. Esas Causas, tan divinas y tan humanas, que desglosan en coyuntura histórica y en caridad eficaz la Causa mayor del Reino, por la que dió la vida y la muerte y por la cual resucitó el Primogénito de entre los muertos, Jesús de Nazaret, el Crucificado-Resucitado para siempre.

Os recordamos uno a uno, una a una, y no decimos ahora ninguno de vuestros claros nombres, para deciros a todos y todas en un solo golpe de voz, de amor y de compromiso: ¡nuestros mártires!Mujeres, hombres, niños, ancianos, indígenas, campesinos, obreros, estudiantes, madres de familia, abogados, maestras, militantes y agentes de pastoral, artistas y comunicadores, pastores, sacerdotes, catequistas, obispos... Nombres conocidos y ya incorporados a nuestro martirologio o nombres anónimos pero grabados en el santoral de Dios. Nos sentimos herencia vuestra, Pueblo testigo, Iglesia martirial, diáconos en marcha por esa larga noche pascual del Continente, tan tenebrosa todavía, pero tan invenciblemente victoriosa. No cederemos, no nos venderemos, no renunciaremos a ese paradigma mayor de vuestras vidas que fue el paradigma del propio Jesús y que es el sueño del Dios Vivo para todos sus hijos e hijas de todos los tiempos y de todos los pueblos, en todos los mundos, hacia el Mundo único y pluralmente fraterno: el Reino, el Reino, ¡su Reino!.

Con san Romero de América y con todos vosotros y vosotras, y unidos a la voz y al compromiso común de todos los hermanos y hermanas de solidaridad que nos acompañan, nos declaramos "alegres de correr como Jesús (como vosotros y vosotras) los mismos riesgos, por identificarnos con las Causas de los desposeídos". En este mundo prostituido por el mercado total y por el bienestar egoísta, os lo juramos con humildad y decisión: "¡Lejos de nosotros gloriarnos a no ser en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" y en vuestras cruces hermanas de la suya! Con El y con vosotros y vosotras seguiremos cantando la Liberación. Por El y por vosotros y vosotras sabremos jubilosamente que nos toca resucitar "aunque nos cueste la vida".