EL PODER NO LO PUEDE TODO

MONCADA

El progreso y el poder no siempre implican ventajas. En el siglo XIX, sin las experiencias y los recursos de hoy, la izquierda europea generó capacidades de coordinación internacional que sustentó la movilización frente al capitalismo salvaje. Paradójicamente, por estar en el gobierno, los movimientos progresistas latinoamericanos carecen de esas posibilidades.

La Asociación Internacional de Trabajadores, fundada en Londres en 1864, fue la primera de una serie de organizaciones políticas que machihembraron el marxismo y el liberalismo con el movimiento obrero y de masas, agrupando a socialistas, liberales, socialdemócratas, anarquistas, republicanos, y comunistas. En 12 años la Internacional efectuó ocho congresos y conferencias internacionales. Se disolvió en 1876.

En 1889 se fundó en París la II Internacional, una agrupación de partidos socialdemócratas, que después de una relativa efectividad, se debilitó cuando algunos de sus miembros accedieron a pactar con los gobiernos burgueses. La entidad sucumbió cuando, ante la Primera Guerra Mundial, la socialdemocracia abandonó la oposición, y se sumó al clima de nacionalismo de la época. La ruptura con los bolcheviques fue el último clavo en su ataúd. En 1920 dejó de existir.

Para consolidar su éxito y combatir el capitalismo a escala internacional, en 1919 los bolcheviques crearon la Internacional Comunista, que desde Moscú monitoreó la fundación de partidos comunistas en todo el mundo, especialmente en Iberoamérica. El error de aquella organización fue exigir el sometimiento de todos los partidos. En manos de Stalin la entidad se demeritó, hasta que en 1943, como consecuencia de la alianza de la Unión Soviética con Estados Unidos y Gran Bretaña, fue disuelta.

Los esfuerzos de coordinación política en América Latina fueron retomados en la década de los sesenta, cuando impulsados por Cuba aparecieron proyectos como la Conferencia Tricontinental (1966), y la Organización de Solidaridad de los Pueblos de Asia, África y América Latina (OSPAAAL), y en 1967 se formó la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), que fueron relativamente efectivas en la promoción de la lucha armada. Con el tiempo ambas organizaciones perdieron su capacidad de convocatoria.

La izquierda latinoamericana de hoy, que ha llegado al gobierno por vía electoral, ha alcanzado una asombrosa capacidad de coordinación estatal, que le permite ejercer formas de solidaridad inimaginables en el pasado como PETROCARIBE Y ALBA, y crear asociaciones gubernamentales como UNASUR, CELAC, y otras, pero carece de entidades políticas eficaces que le permitan elaborar tácticas de lucha común.

El problema fue resumido por el Che Guevara, cuando en su despedida de Cuba, después de renunciar a todos sus cargos, escribió a Fidel: “Yo puedo hacer lo que a ti te está negado por tu responsabilidad…” Al ejercer el poder presidencial sin contar ni crear estructuras políticas apropiadas, la izquierda se encuentra atada por razones de estado y compromisos jurídicos que se lo impiden. Aunque al respecto se han introducido iniciativas como la del “Foro de Sao Paulo”, su eficacia no alcanza los rangos necesarios.

Durante la Guerra Civil Española, cuando no soñaban con gobernar, los partidos socialistas, comunistas, las organizaciones democráticas y antifascistas latinoamericanas enviaron ayuda material, dinero, y miles de sus militantes como voluntarios a España, cosa que estando en el poder no podrían hacer.

Tal vez la izquierda latinoamericana debería generar un nuevo tipo de organización no gubernamental que permita coordinar acciones y ejercer la solidaridad efectiva, no retórica, aquella que se expresa de evento en evento sin comprometer a los gobiernos. La tarea es tan difícil como grande la necesidad. Allá nos vemos.

La Habana, 04 de noviembre de 2015