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EL PROGRESO Y LA POLÍTICA

Comparto un concepto acuñado por la cultura popular: “Lo mucho incluye lo poco”. Según esta sentencia, estratégicamente el progreso lo es todo. Los países empobrecidos y estancados son políticamente inestables y vulnerables, y viceversa. Hay una relación entre progreso y política. “Ser próspero ―dijo José Martí― es la única forma de ser bueno”.

El fenómeno funciona mejor cuando, en concordancia con una doctrina generada por la nueva izquierda latinoamericana y que tiende a convertirse en dominante, el progreso se basa en el desarrollo económico con inclusión social.

Desde esa óptica las formulas económicas, los partidos y los modelos políticos, las ideologías, las consignas y las banderas, aunque son significativas para las personas, e importantes por sus aportes a la cultura política, a escala social e histórica son actualmente irrelevantes.

Esas realidades explican por qué las masas de Argentina a México, aunque no siempre aciertan, votan por quien promueva el progreso con inclusión. Inclusión social es otra forma de nombrar la democracia, que es hija de los avances civilizatorios, y en sus esencias más profundas, incluye la justicia social. Sin ellas se puede avanzar un poco más pero, un poco más no basta. La meta es alcanzar toda la justicia.

En conjunto, a escala global y en grandes períodos de tiempo que es como el proceso debe ser percibido, el devenir presenta altas y bajas, avances y retrocesos, momentos felices y trágicos, países que se estancan o retroceden y fuerzas políticas que se destacan u omiten, triunfan o fracasan. Lo importante es la tendencia general.

El fenómeno que actualmente se despliega en América Latina no es casual ni atribuible a maniobras o conquistas de la política pequeña, sino un resultado del acceso a una fase civilizatoria superior, a cuya consolidación aportan los procesos políticos positivos y los liderazgos calificados. Algunos entendidos fijan el inicio de esa etapa en los años sesenta con la Revolución Cubana. En cualquier caso se trata de una peculiaridad que hace irreversible lo alcanzado.

Las realizaciones que posibilitan la unidad en la diversidad política se han abierto paso en Europa, con la significativa excepción de Rusia, donde todo se supedita a la solución del tema ucraniano; avanza en Asia, aprovechando el desplazamiento de China al centro del espectro político, de alguna manera se mueve en África, están más allá del horizonte en el Oriente Medio, y se concretan como promesa en América Latina, a pesar de encontrar un formidable obstáculo: Estados Unidos.

Tras el fracaso del “Panamericanismo”, promovido por los Estados Unidos desde el siglo XIX, la vigencia de la Doctrina Monroe, el largo reinado de las oligarquías, y las dictaduras militares, los esfuerzos de integración fueron cancelados, y nunca más se retomaron a pesar de que en la posguerra se constituyeron la OEA, el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), la Organización Deportiva Panamericana, y otras organizaciones y convenciones.

En los últimos veinte años la idea de la integración ha florecido desde la izquierda, con la óptica de avanzar y realizarla sin Estados Unidos, aunque no contra Estados Unidos, en espera de que alguna vez, nadie sabe cuándo ni cómo, guiada por su proverbial pragmatismo, la súper potencia se sume al empeño.

Por un extraño giro, precisamente en el caso de Cuba, Estados Unidos, por primera vez accede a negociar en pie de igualdad con un país latinoamericano. Cuando lo haga con todos, la integración regional dará un paso de “siete leguas”. Hacer de la Cumbre de las Américas un primer paso en la dirección correcta es una opción al alcance del presidente Barack Obama. Allá nos vemos.

La Habana, 08 de abril de 2015