“ESTA PATRIA LA PELEAMOS O LA PERDEMOS”

“Somos la memoria que tenemos y la responsabilidad

que asumimos, sin memoria no existimos y sin

responsabilidad quizá no merezcamos existir.”

José Saramago

“Cuadernos de Lanzarote”

Yo asumí la Resistencia mucho antes del 2009, pero su impacto fue rotundo y suficiente para marcar mi vida para siempre. No obstante que, al igual que a miles de hondureños y hondureñas la noticia de “la cuarta urna” no me dio ni frío ni calor; quizá porque la falta de difusión, o porque la desconfianza en los políticos y de la política vernácula que había cosechado desde mi juventud me impedía ver su trascendencia; pero el golpe de estado hizo reverdecer mi filiación de inconforme, laceró mi adormecida conciencia y renovó el significado de mi viejo sueño morazanista por la auténtica independencia, la verdadera democracia y la real vindicación de los desheredados de Honduras.

Hacia 1963 recibí el primer zarpazo de una garra militar; tenía entonces 23 años y arrastraba conmigo el pesado fardo de la dictadura nacionalista, que había asumido el gobierno de la República como si fuese de su propiedad y perseguía, encarcelaba, exiliaba o mataba a quien pusiese en duda tal pretensión. Los jóvenes de mi tiempo amamos la “Revolución Cubana” como el modelo más hermoso de redención para los pueblos oprimidos y en silencio, al caer la noche en la oscura habitación de nuestras chozas escuchábamos “Radio Habana”, con una emoción desbordante y contagiosa que no podíamos hacer pública, porque la paredes habían adquirido el don de las escuchas y el estigma de comunista era un presagio de muerte.

Asumimos el gobierno de “La segunda República” como el escenario apropiado para ascender por un camino natural a una auténtica democracia, incluyente, participativa, soberana y progresista. Las reivindicaciones que asomaron nos parecieron normales escalones que conducían a mañanas mejores: “El Código del Trabajo”, normaba por primera vez las relaciones entre el trabajador y el empresario; el Seguro social iniciaba la garantía de una vida con justicia y bienestar, y la Reforma Agraria propendía a devolver la tierra a sus verdaderos dueños. Las leyes de sindicalización y colegiación nacían como verdaderos instrumentos sociales para la defensa de la clase asalariada. Oír hablar a Modesto Rodas Alvarado daba la sensación de que el siguiente paso para un partido Liberal realmente incontenible, grande y popular, era el “Liberalismo social”. Pero todo se trastocó; los líderes no fueron consecuentes con sus discursos y mucho menos con las exigencias y necesidades del pueblo hondureño; se acomodaron a los intereses de las trasnacionales que veían en peligro sus ganancias y el poder que habían adquirido desde principios del siglo veinte. El golpe de estado contra Rodas Alvarado atrincheró a una insipiente burguesía trasnacional con los residuos de la nacional alrededor de una sola bandera conservadora, apátrida y anti popular. El eco de las grandes reivindicaciones, que con el correr de los tiempos supimos que eran apenas algunas de la exigencias de los jóvenes obreros que enarbolaron las banderas de la justicia en la “Huelga del 54”, quedó soterrado bajo una nueva cultura: la corrupción y la indignidad, impuesta a sangre y fuego durante los diez y siete años de dictadura militar nacionalista.

Dejé de ser liberal en 1965. Al salir de la Guardia de Honor del Dr. Ramón Villeda Morales tras el golpe de estado del 3 de noviembre de 1963, me uní a los jóvenes liberales del Movimiento de Insurrección Liberal (MIL) con el objetivo de recuperar el poder y continuar con las reivindicaciones. Casi todo 1964 fue de acciones clandestinas y de mucho sacrificio, especialmente para jóvenes como yo sin profesión ni oficio; sin trabajo estable y lucrativo, pero con la clara conciencia de que no se construye el futuro de otra manera. Un día me despertó la noticia de que los líderes liberales habían abandonado el país y daban declaraciones desde los cómodos exilios de México o El Salvador y mis amigos y compañeros caían presos o morían por una bala perdida. Yo no tenían los recursos para llegar siquiera a la frontera más cercana; así que busqué trabajo en los caseríos y municipios más alejados de la Capital y aunque perdí mis estudios por muchos años, allí me mantuve.

A inicios de la década de los ochentas con una nueva Constitución hecha a gusto de la burguesía, vuelve el partido liberal al poder, pero ya sin mi voto, pues había descubierto que ya no era el mismo. En nada se diferenciaba Suazo Córdova de Zúniga Agustinus; los partidos políticos representados por dos banderas diferentes tenían un solo marco ideológico, una voz, un propósito; se habían pues asimilado bajo el emblema de la corrupción que había fermentado la CONADI. La nueva dictadura tenía color de democracia, pues desde siempre nos han hecho creer que ésta se expresa en la alternabilidad del poder y no en la distribución de la riqueza y de la justicia. El país se sometió a la política de la seguridad nacional impuesta por los Estados Unidos para someter a los pueblos de Nicaragua, El Salvador y Guatemala insurrectos que clamaban justicia. A partir de entonces se implantó el terror: un poco más de 184 líderes nuestros murieron o fueron desaparecidos por el ejército nacional o por los contras nicaragüenses; todas las voces se orquestaron a favor de una sola bandera: la opresión.

La legalización del neoliberalismo, sistema político más voraz que el capitalismo salvaje, como lo denominó el Papa Juan Pablo II, propiciado hacia 1990 por Rafael Leonardo Callejas y Ricardo Maduro, arrastra con su Ley de Modernización del Estado a una desnaturalización de la Ley de Reforma Agraria que había subsistido, pero no aplicada en su verdadero significado; pues a partir de entonces los campesinos podían vender la tierra, contrario a lo que la vieja Ley prescribía; asimismo debían de pagar por la asistencia técnica y solicitar los préstamos a la banca privada, contra lo establecido en la Ley. Se devalúa la moneda nacional, se persigue al sindicalismo libre y se implanta el sindicalismo estatal.

La fresca brisa que se siente del 2006 al 2009 fueron años de terror para la burguesía nacional, pues los intentos de acercar el poder político a los pobres por medio de la organización del poder ciudadano en los barrios, aldeas y caseríos, la dotación de un nuevo salario mínimo, la recuperación del control de la venta del petróleo, la negativa a la creación de una ley de minas a destajo, como la hay ahora, la creación de los bonos agrarios, el control de las reservas nacionales y el acercamiento a los países del ALBA, puso en precario el bienestar de la burguesía nacional, que aprovechó la propuesta de la “cuarta Urna” para azuzar a sus corifeos y cancerberos para desatar con tal furia un golpe de estado militar, político, religioso y empresarial, que mantiene a esta Honduras nuestra en la peor crisis a la que se hay sometido.

Hoy se ha violentado el código del trabajo; el trabajo por hora violenta todas las garantía a los trabajadores y estimula los despidos, lo que ha incrementado el desempleo y por ello la violencia y la delincuencia. De igual manera se ha violado la Constitución de la República, se ha destruido la vida republicana con el desconocimiento de la libertad de los poderes del estado: Se han nombrado los magistrados de la Corte Suprema, el Ministerio Público, el Tribunal Supremo Electoral, se quitan o se ponen jueces según su conveniencia, todo en forma ilegal, arbitraria y de manera dictatorial. El sindicalismo y los colegios profesionales están de rodillas. Han saqueado cuanta institución del estado pueda tener dinero, para engordar sus cuentas en el extranjero; el robo al IHSS de más siete mil millones de Lempiras es apenas un poquito de lo que está por descubrirse. Merecen estar en la cárcel.

Por eso estamos en las calles. Pues como dice Unamuno “lo que soy hoy proviene, por serie continua de estados de conciencia, del que era” en 1965, “ la memoria es la base de la personalidad individual”, dice también”. Lo que ha cambiado ha sido para mejorar. Yo no me he perdido una sola marcha desde el golpe y vi con tristeza como se fueron diluyendo en la medida en no fue posible avanzar más allá de la marcha y la protesta; LIBRE ilusionó, pero tampoco dio el paso necesario para enfrentar al gobierno y hoy que los jóvenes han emprendido el camino de la protesta por medio de las marchas de las antorchas, tengo el presentimiento de que vamos por el mismo camino. Todo inició cuando alguien les dijo a los organizadores que no se mesclaran políticos; todos bajo una sola bandera; como si no fueran políticos los actos de protesta de los jóvenes. No hay realmente alguien que pueda mantenerse en una posición apolítica, pues no hacer política es también político.

Los aires que soplan nos indican que muchos asolapados andan dando voces de contrario con el fin de desviar la ruta, socavar las estructuras de los movimientos de oposición, ponernos frente a frente, o utilizar nuestras marchas para su propaganda internacional. Se oyen voces que reclaman un dialogo y hasta una concertación. Nadie debe dialogar con el ladrón y mucho menos concertar; pues lo único que provoca concertación es la forma y el momento en que el partido nacional entregará el poder a una junta de jóvenes notables y el tipo de castigo que habrá de aplicarse a los ladrones. Hoy debemos proclamar que nuestra lucha se libra bajo todas las banderas, que nadie se quede en casa, que como dice la consigna de los jóvenes “esta patria la peleamos o la perdemos”.

Hasta hoy no hemos explotado todas las formas de la no violencia. Gandhi apuntaba nueve, y nosotros llevamos tres de su lista. Hay que trascender las marchas y agrupar a cuanto hondureño se sienta asqueado, indignado, adoptar las otras seis si es necesario. Que la lucha es de todos como es de todos los hondureños esta Honduras irredenta.

Pienso que es tiempo para que la oposición se junte con los jóvenes y establezcan un plan conjunto que lleve a algún lugar seguro y de beneficio para la patria y no sea que el pueblo se desencante y perdamos la única oportunidad que esta burguesía nos ha dado para refundar la patria. Aquí no valen los vanguardismos ni los hegemonismos, porque está claro que no alumbra mejor el sendero quien enciende primero las lámparas, sino quien las coloca en el lugar más apropiado.

14 de junio del 2015