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FALSIFICACIONES HISTÓRICAS

Los hechos sociales y políticos, incluso biológicos, pueden interpretarse de maneras diversas, pero no alterar sus consecuencias. La vida inteligente puede ser obra del Creador, de la selección natural, o de una sucesión de causalidades. Nada de eso cambia el hecho de que el hombre es el forjador de todas las culturas y civilizaciones, y el actor de la historia universal, en la cual las guerras son el capítulo más extenso, y la II Guerra Mundial la guinda del pastel.

Los fascistas hitlerianos se propusieron cambiar la naturaleza humana, no por vía de la cultura o la ideología, sino por medio de la genética. La idea de la existencia de una raza superior que habría de dominar al mundo, y que el resto de la humanidad sería no solo esclavizada, sino literalmente exterminada, es el proyecto más perverso que se haya concebido nunca. El holocausto judío fue un anticipo de lo que podía ocurrir a todos los pueblos no arios.

El fascismo fue derrotado porque resultó tan brutal y sangriento que hizo peligrar a toda la humanidad, y concitó la unidad de las entidades más poderosas que jamás hayan existido. El error del eje nazi, el verdadero y único Eje del Mal, fue creer que podía desafiar a la vez a la Unión Soviética, a los Estados Unidos, y a China, y suprimir juntos a la democracia liberal y al comunismo.

En aquella excepcional coyuntura, los pueblos de la Unión Soviética, cuyo núcleo era Rusia, fueron convocados a librar una “Guerra Patria”, que más allá de las ideologías y de las circunstancias políticas, juntó a una colectividad humana que, a la devoción por sus tradiciones nacionales, sumó la cohesión alcanzada bajo el socialismo.

Duramente golpeados y ocupados por los nazis, los pueblos de Rusia, Ucrania, Bielorrusia, y otros, asimilaron los reveses, y comprimiéndose como un resorte que acumula fuerzas, aceptaron el reto nazi.

La historia quiso que los Estados Unidos, en la época no sólo el país más poderoso, sino el más protegido por las barreras de los océanos Atlántico y Pacifico, a miles de kilómetros de los teatros de operaciones europeos y asiáticos, fuera gobernado por un hombre profundamente anti fascista y un estadista fuera de serie como Franklin D. Roosevelt.

En su país Roosevelt enfrentó las fuerzas opuestas a la guerra porque temían sus costos humanos, los que hubieran preferido lucrar con el conflicto, y los que optaban por una cómoda neutralidad y, en el ámbito internacional, promovió una alianza que encontró en Stalin a un interlocutor atento, un aliado confiable, y un estratega consumado.

Los Tres Grandes, como se les llamó, y que sumaron a China, trabajaron no sólo para derrotar a los fascistas y los militaristas japoneses, sino para rediseñar las relaciones internacionales, de modo que tales peligros fueran excluidos. De aquel empeño nació la ONU.

Por razones geográficas y geopolíticas, y por la resistencia soviética, el grueso de la guerra en Europa se libró en territorio de la URSS, que pagando el altísimo precio de 27 millones de muertos, no sólo derrotó a los nazis y liberó a sus pueblos, sino que obligó a las arrogantes tropas fascistas a desandar el camino, y liberando naciones y pueblos llegó hasta Berlín, poniendo fin a la amenaza allí donde había comenzado su nefasta andadura.

La unidad lograda no sobrevivió a la victoria, y Roosevelt no vivió para disfrutarla. Otras fuerzas reaccionarias desataron la Guerra Fría, una de cuyas víctimas fue la verdad. El anticomunismo nubló las mentes y envenenó las almas, y el colosal aporte del Ejército Rojo y de los pueblos de la Unión Soviética, en especial del pueblo ruso, fueron escamoteados.

Setenta años después, desde Moscú, la única capital de la Europa continental que los nazis no pudieron ocupar, se emite un mensaje que expresa una verdad incontrovertible: la guerra carece de futuro.

Hoy como ayer se precisa no de conquistadores, sino de hombres de estado como aquellos que, sin ser perfectos, se unieron para cambiar el aterrador destino que el fascismo reservaba a la humanidad. Los líderes de hoy tienen una oportunidad para brillar, no por las guerras que ganen sino por las que eviten. Allá nos vemos.

La Habana, 09 de mayo de 2015