unnamed (21).jpg

LA CONSTITUCIÓN Y EL MARTILLO

El pasado 29 de abril, un policía ingresó a la vivienda de Terrance Kellom, un joven de 20 años y frente a su madre le disparó porque, según declaró: “…Portaba un martillo”. Esta vez, el agente podrá ser imputado porque respecto a los “martillos” la Constitución norteamericana es omisa. Si fuera un arma de fuego la historia sería otra.

En Estados Unidos poseer un arma y llevarla encima no constituye delito. Al respecto la Constitución es categórica: “Siendo una milicia bien preparada, necesaria para la seguridad de un estado libre, el derecho del pueblo a tener y portar armas no será vulnerado”.

Respecto a en qué lugares se puede portar un arma, a principios del siglo XX un juez federal declaró: “En cualquier parte de los Estados Unidos que se encuentre, un ciudadano estadounidense, es un ciudadano estadunidense…” Aunque pecó de obvio, el magistrado subrayó que, tratándose de la Constitución, lo que se acepta en un lugar no puede ser prohibido en otro.

También, durante dos siglos, los juristas debatieron acerca de que el texto constitucional asociaba la “posesión de armas a la milicia”. En 2008, la Corte Suprema de Estados Unidos, decidió que: “…La Segunda Enmienda protege el derecho a poseer armas de fuego, sin conexión con el servicio en una milicia…” En esa misma sentencia, se añadió: “…Poseer armas no es un derecho ilimitado que se pueda ejercer de cualquier manera y con cualquier propósito." La ambigüedad, obliga al Congreso y a los estados a legislar el modo en que tal derecho es ejercido.

Dado que poseer armas es constitucionalmente legítimo, también lo es fabricarlas, venderlas, transportarlas y naturalmente, utilizarlas. En los Estados Unidos utilizar un arma no es en sí mismo un delito. Lo que se juzga son las circunstancias en que se hace y las consecuencias a las que conduce.

Es legítimo hacer uso de ellas en defensa propia, de la familia o la propiedad o en auxilio de otras personas y es delito portarlas estando ebrio o drogado, así como apuntar a una persona o vivienda. Cometer cualquier delito estando armado, aun cuando las armas no se muestren ni empleen, es un agravante.

Entre los debates más intensos, figuran si las armas se han de portar ocultas o a la vista. Esta discusión se alimenta de la idea de que una vez que la Constitución autoriza a poseerlas y portarlas, hacerlo de un modo u otro es irrelevante. Hay quienes opinan que mostrar las armas es un disuasivo y que ocultarlas favorece a los delincuentes. No faltan quienes opinen que exhibirlas es intimidatorio.

Debido a que la II Enmienda no faculta la posesión de armas a ninguna institución, las organizaciones armadas que no estén expresamente autorizadas, son ilegales. Aunque por lo general no se permiten en escuelas y universidades, se acepta que permanezcan en los vehículos estacionados en esos recintos.

En casi todos los estados se prohíbe portar armas en establecimientos donde se expende alcohol, en los bancos, oficinas gubernamentales, dependencias policiacas, cortes, oficinas de correo, centro de votación, salas de concierto y otras. En ocasiones, previa obtención de una licencia, se autoriza a algunos establecimientos a colocar señales de prohibición. Por su iniciativa sólo pueden hacerlo las iglesias.

Doce categorías de personas no pueden poseer armas de fuego, ellas son: menores de dieciocho años, culpables de delitos graves, fugitivos de la justicia, drogadictos, deficientes mentales, no-estadounidenses, extranjeros ilegales, los que hayan renunciado a la ciudadanía de EE.UU, los dados de baja de forma deshonrosa de las fuerzas armadas, los sujetos a órdenes de restricción, los condenados por un delito de violencia doméstica y los acusados de un delito punible con pena de prisión de más de un año. Vender, entregar o prestar armas a cualquier persona de estas categorías es delito

Debido a la laxitud de las regulaciones, es prácticamente imposible saber cuántas armas existen en poder de la población. Se estima que pueden ser de alrededor de 1 500 millones, una parte de las cuales está en poder de delincuentes.

Para muchas personas, por razones prácticas el espíritu con que fue introducida la II Enmienda ha perdido sentido. Ello es ocioso cuando un policía armado y entrenado, teme ante un joven que presuntamente porta un martillo y, en lugar de neutralizarlo, lo mata. Luego les cuento de la guerra racial. Allá nos vemos.

La Habana, 03 de mayo de 2015