LA REVOLUCIÓN Y LAS VANGUARDIAS HOY

Tal vez porque el liberalismo clásico, el discurso marxista tradicional y la lucha armada han sido trascendidos, en América Latina han perdido vigencia las reflexiones en torno a la dialéctica vanguardia-masa y sobre la táctica y la estrategia de la revolución. Tal vez se trate del error de “con el agua sucia botar la criatura” y de un error que sea preciso corregir. Con nuevas ópticas y contenidos, esos temas merecen ser retomados.

En América Latina está en marcha la más vasta, abarcadora y eficaz revolución desde los tiempos de la lucha por la independencia y que abarca al continente. Esa lucha está asociada a la mutación de estructuras que durante 200 años sirvieron a las oligarquías y se han tornado funcionales a las causas populares. Su principal característica es que los líderes que las conducen llegan al poder mediante elecciones y con el apoyo de movimientos sociales, no de partidos políticos.

Esa evolución, término más apropiado, no está asociada ni comprometida con ninguna teoría, doctrina, estructuras políticas ni referentes ideológicos y su tarea histórica no es validar hipótesis ajenas, sino solucionar problemas concretos. La revolución de hoy no es política ni ideológica, sino económica y social, sus objetivos no son de clase sino nacionales.

En el pasado, desde la izquierda, se entendió por vanguardia a audaces minorías que abrazaron ideas alternativas siempre minoritarias. Usualmente se trataba de organizaciones, partidos o movimientos que, marginados y con frecuencia ilegalizados, ejercían un tipo de oposición que no sólo retaba a los gobiernos de turno, sino al sistema. Liberales, comunistas, anarquistas, socialdemócratas y socialcristianos y movimientos de inspiración cristianas han sido ejemplo de estas entidades.

Actualmente eso ha cambiado. Lo que permanece es la necesidad de elementos que encabecen los movimientos políticos, diseñen sus cursos de actuación, fijen sus metas y elaboren programas, que pudieran tomar en cuenta tareas inmediatas y estratégicas, programas mínimos y objetivos mayores. En la práctica la confusión de unas y otras categorías puede resultar funesta.

Las vanguardias de hoy son líderes que se atienen a las reglas institucionales, conquistan a las masas y obtienen mayorías electorales, que si bien no le proporcionan apoyos unánimes, confieren legitimidad para gobernar y llevar adelante sus programas. En muchos casos, la eficacia del desempeño les permite ganar apoyos y explica las reiteradas reelecciones.

Obviamente, la oposición a esa revolución, también se ha modificado. Al no poder ejercer la violencia estructural ni utilizar para sus fines a las fuerzas armadas ni la maquinaria represiva del estado, las oligarquías latinoamericanas, desplazadas del gobierno, acuden a tácticas que recuerdan a las utilizadas por la antigua izquierda: luchas callejeras, exhortación a la sublevación y violación de la institucionalidad. La impotencia las hace acudir a lo que mejor saben hacer: golpes de estado. Es lo que se aprecia en Venezuela y Ecuador.

Las novedades del quehacer político, la juventud de los líderes y la ausencia de estructuras partidistas creíbles y eficaces, aconseja apoyarse en la intelectualidad progresista para reflexionar acerca de cómo avanzar gradualmente, conciliar los programas mínimos con las metas más elevadas y avanzar sin prisas y sin acciones tácticas que comprometan los objetivos finales. Sobre el particular reflexionaré más adelante. Allá nos vemos.

La Habana, 21 de junio de 2015