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NACIONES, RAZAS Y PARTIDOS

En 1908, bajo la segunda intervención norteamericana (1906-1909), Evaristo Estenoz, un mulato albañil, veterano del Ejército Libertador, fundó en Cuba el Partido de los Independientes de Color (PIC), según se afirma, el primer partido político del mundo estructurado sobre una base racial.

El hecho condujo a la aprobación de una ley que prohibió las agrupaciones políticas constituidas por personas de una sola raza, color, o clase. El PIC quedó fuera de la ley. Las provocaciones y manipulaciones dieron lugar a alzamientos y a la masacre a manos del Ejército Nacional de entre dos y seis mil negros, en lo que se recuerda como la Guerra de Agosto de 1912.

Con avances y retrocesos, apoyados en el precedente de que los negros y mulatos fueron la mayoría de los efectivos, la oficialidad y los mandos del Ejército Libertador; las vanguardias políticas e intelectuales de la Isla, comenzando por los hacendados blancos que en 1868 iniciaron la lucha por la independencia liberando a los esclavos, si bien no pudieron evitar la supervivencia de expresiones de racismo, lograron que en torno a luchas políticas y sociales, y sobre todo en la Revolución, se soldaran las estructuras nacionales, y las clases populares se integraran formando un ente único: el pueblo cubano.

Aunque pasando por difíciles y dilatadas experiencias nacionales, y sin poder impedir la presencia del racismo, la exclusión y los prejuicios contra los pueblos originarios y los negros, la andadura latinoamericana, en el crisol de las luchas populares, blancos, negros, indios, cholos y mulatos, se integraron y prescindieron de organizaciones exclusivas para negros o indígenas, ni de presentar demandas especiales. La receta norteamericana fue diferente.

El racismo de una parte de los norteamericanos, aunque atenuado por la enorme emigración que neutralizó ciertas tendencias al exclusivismo y la homogeneidad, hunde sus raíces en épocas cuando los fundadores de las colonias inglesas no se interesaron por integrar a los pueblos originarios a los procesos civilizatorios que ellos alentaban, ni se esforzaron por enseñarles su lengua y sus técnicas productivas o convertirlo a su fe, y ni siquiera los esclavizaron. Simplemente los apartaron.

Más extraño aún resulta que la vanguardia política, antimonárquica y liberal que alentó el espíritu que en 1776 dio lugar a la Declaración e Independencia, a la revolución y a la Constitución, ignorara a los millones de esclavos que en esa época poblaban los Estados Unidos.

El desprecio y la exclusión, que llevó incluso a la peregrina idea de en 1816 devolver a los negros a África, para lo cual se adquirieron tierras y se creó un país, Liberia, si bien no ha impedido que los negros nacidos estadounidenses amen a su nación, ha dificultado la integración nacional de los Estados Unidos, que permanecen profundamente divididos, más que por estructuras clasistas, por la cuestión racial.

Tres enmiendas a la Constitución, una devastadora Guerra Civil prolongada por cuatro años (1861-1865) que dio lugar a casi un millón de muertos, una prolongada e intensa lucha por los derechos civiles, y casi medio siglo de acciones afirmativas, no han logrado poner fin a la discriminación racial que parece internarse en un callejón sin salida.

El fondo del asunto probablemente radique en estrategias equivocadas. No se trata de practicar un paternalismo compasivo, y de conceder que los negros puedan ser iguales que los blancos, sino dejar de considerarlos distintos o inferiores, y de abordar la solución de la problemática racial en sus raíces económicas, sociales y culturales.

El sueño de Martin Luther King no fue que las comunidades negras y blancas se entendieran como adversarios que firman un armisticio, sino que no existieran como entidades separadas. Los nacionales de un país no son “gente diferente que se toleran mutuamente”, sino integrantes de una entidad nacional unidos por el sentido de pertenencia, un destino común y metas compartidas.

De ahí la insistencia de los líderes más esclarecidos en evitar la confrontación racial, por medio de la cual pueden conseguirse algunas demandas, pero se ahondan las diferencias, y se crean premisas para nuevas confrontaciones. No se trata de estimular la violencia ni de acatar resignadamente el actual estado de cosas, sino de generar un liderazgo que como los de Lincoln, Luther King y John F. Kennedy no sea negro ni blanco, sino norteamericano.

Las fuerzas políticas más avanzadas y la vigencia de un espíritu que pudo generar líderes como aquellos y encumbrar a un presidente negro, también puede encontrar en sí mismo a quienes encabecen un esfuerzo para el cual el país parece estar listo.

Tal vez no se trata de que los negros sean iguales, sino de que dejen de ser diferentes. Luego les cuento más. Allá nos vemos.

La Habana, 06 de mayo de 2015