OPOSICION RACIAL

Nunca una tercera fuerza ha incidido en la sociedad norteamericana cuyo sistema político gira en torno a los partidos Demócrata y Republicano. En el pasado, en dos oportunidades, la excepción provino de un estrato social cuyo papel es de pronóstico reservado: los negros.

Las ideas de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, según la cual: “Todos los hombres han sido creados iguales y dotados por su Creador de derechos inalienables…”, no pudieron ser honradas por los redactores de la Constitución que tras once años de debates, no lograron consenso para suprimir la esclavitud.

En la Constitución norteamericana, la única que ha soportado la prueba del tiempo manteniéndose vigente por 228 años, no se menciona a los pueblos originarios, la esclavitud, la igualdad de la mujer ni se alude a los trabajadores ni a ningún problema social que afecte a las mayorías. Se trata de una “Democracia en strike” que, curiosamente, ha funcionado.

Los Estados Unidos parecen creados para desmentir las categorías de la cultura política de la izquierda mundial. En el país de más obreros, no se desarrollaron los sindicatos, tampoco los partidos proletarios. No prosperaron la socialdemocracia, el comunismo ni las organizaciones inspiradas en la Doctrina Social de la Iglesia. No se generó una clase obrera cohesionada protagonista de la lucha de clases y, en lugar de un campesinado, se formó allí un estamento de empresarios rurales y, a diferencia de la nobleza parasitaria, la burguesía funciona como “una clase trabajadora”.

El discurso asociado al “estado de bienestar” nunca tuvo vigencia. En la ideología norteamericana el pobre no es una víctima del sistema a la que hay que compadecer, sino un perdedor que no aprovechó sus oportunidades ni los ricos ni son tenidos por explotadores a los que hay que desposeer, sino más bien emular. El individualismo, instalado en la conciencia social impide todo proyecto colectivo a escala de la sociedad. La cohesión del pueblo americano recuerda la de las papas en un saco de papas.

Al no resolver el problema de la esclavitud, el sistema político la hizo convivir con la democracia funcional, instalando el racismo en el imaginario de importantes sectores, convirtiendo la supremacía blanca en artículo de fe para ellos.

No obstante constituir una fracción minoritaria de la población (actualmente 12 por ciento), ningún asunto ha impactado y dividido tanto a los Estados Unidos como la esclavitud y la discriminación de los negros, fenómeno que en el siglo XIX estuvo entre los que dieron lugar a la Guerra de Secesión y en el XX a la lucha por los derechos civiles, únicos momentos en que la estabilidad y la propia existencia de los Estados Unidos ha estado amenazada.

De las 26 Enmiendas a la Constitución estadounidense, más de la mitad se refieren a procedimientos electorales y otras a aspectos funcionales del estado, las instituciones y el país. Las más sustantivas después de las diez primeras (adoptadas en bloque) son las 13° que abolió la esclavitud, la 14° que estableció la igualdad ciudadana y la 15° que introdujo el sufragio sin discriminación racial, todas asociadas a los resultados de la Guerra Civil y a los negros.

Sin embargo la discriminación racial contra el negro es de tal magnitud que sobrevivió a la Guerra Civil, dando lugar a la segregación racial (apartheid). Tan afianzado estaba el racismo que en la época de la “reconstrucción” del sur, se extendió a áreas donde antes no existía y se hizo alusivo a otros emigrantes considerados “no blancos”, como es el caso de los hispanos. Ningún otro pueblo lo sufrió más que México.

La esclavitud se mantuvo hasta 1865, casi noventa años después de la Declaración de Independencia y la segregación racial sobrevivió otros 95 años a la abolición de la esclavitud hasta que, en la década de los sesenta del siglo XX, fue suprimida legalmente por la lucha por los derechos civiles encabezada por Martin Luther King y por el pragmatismo de John F. Kennedy quien percibió su enorme potencial desestabilizador.

Debido a negligencias políticas de las administraciones posteriores a la de Lyndon Johnson, y a lo que parece ser una airada revancha de los supremacistas blancos frente a la elección de Obama, se está formando en Estados Unidos un ambiente de rebelión, al que sólo le falta un liderazgo que como los de Lincoln y Luther King convierta los espontáneos e inorgánicos brotes locales en un movimiento nacional.

De mantenerse las tensiones actuales, dentro de dos años pudiera aparecer el líder capaz de encauzar pacíficamente la rebelión, y proporcionarle coherencia política a la protesta social. Esa especie de Mesías, impedido ahora porque no puede transformar la presidencia en un liderazgo racial, tal vez sea Barack Obama. No es un pronóstico, sino una propuesta. Tiempo al tiempo. Allá nos vemos.

La Habana, 04 de mayo de 2015