OTRA VEZ EN LA ENCRUCIJADA

MONCADA

El 11 de septiembre de 2001, la CNN emitió un dramático titular:

“ESTADOS UNIDOS BAJO ATAQUE”. La humanidad quedó atónita. La razón era obvia. La Unión Soviética no existía, había cesado la Guerra Fría, y ningún país estaba en condiciones de atacar a Estados Unidos. Luego se supo que no se trataba de algún estado, sino de un actor que debutaba y era capaz de hacer lo imposible: atacar, causarle 3000 bajas, y aterrorizar a Norteamérica.

La eficiencia de aquella maquinaria resultó desconcertante y aterradora. Tan solo diecinueve hombres con cuatro aviones secuestrados y utilizados como misiles, atacaron las Torres del World Trade Center, en Nueva York, y el Pentágono, en Washington, logrando lo que jamás ningún adversario había conseguido, colocar a Estados Unidos a la defensiva. Obcecado y mal aconsejado, el presidente George W. Bush declaró la guerra al terrorismo, invadió Afganistán e Irak.

Los gobernantes y estrategas de entonces no se percataron que aquel día, en los ambientes internacionales debutó un actor de perfiles diabólicos: el terrorismo no estatal, no ideológico, no vinculado a causa ni entidad política alguna, ni basificado en un territorio definido. Al Qaeda y el yihadismo islámico podían estar en cualquier lugar y en muchos a la vez. Su largo brazo podía llegar desde Tora Bora hasta Europa, los Estados Unidos, u otros puntos del planeta. La humanidad enfrentó una amenaza creíble.

Como aquella mañana, catorce años después, con el costo de las guerras de Afganistán e Irak, y no menos de un millón de muertos a las espaldas; los brutales ataques en Paris colocan a los líderes occidentales mundiales en la misma encrucijada, y ante los mismos enigmas de entonces. ¿Cómo responder? La respuesta no puede ser ofrecer la otra mejilla, ni convertir la venganza en razón de estado.

El inmenso poderío militar norteamericano, sus inagotables recursos económicos, y contando con el apoyo de sus aliados, especialmente la OTAN, se puso en función de dos guerras, que una década después, en lugar de contener el yihadismo islámico, han propiciado su incremento hasta niveles que en 2001 nadie podía sospechar.

Lejos de liquidarse, el problema visibilizado a partir del 11S, lo que ocurrió fue una total desestabilización del Oriente Medio y África del Norte, que hoy están virtualmente fuera de control, situación convertida en un caos generalizado. En algunos países como Irak, Libia, Yemen y Siria se han quebrantado las estructuras estales y los mecanismos de equilibrio confesional, se libran intensas batallas internas, así como cruentas y aniquiladoras guerras religiosas, o de identidad y objetivos poco definidos.

Como parte de ese caos, algunas organizaciones terroristas evolucionaron para convertirse en el llamado Estado Islámico, que ha constituido una estructura estatal en forma de Califato, capaz de controlar no menos de 40 000 kilómetros cuadrados, allegar cuantiosos recursos financieros, reclutar alrededor de 30 000 efectivos militares, de los cuales la mitad no son árabes, crear una red clandestina mundial formada por decenas de miles de colaboradores y activistas, y emplear tecnologías avanzadas que, en conjunto, le permiten resistir y atacar en prácticamente cualquier punto del planeta.

Tal vez los trágicos acontecimientos de París, que ya auspiciaron un encuentro entre los presidentes Barack Obama y Vladimir Putin, propicien acuerdos y acciones políticas, y a partir de la pacificación y estabilización de Siria e Irak, permita luchar eficazmente contra el Estado Islámico hasta exterminarlo, como alguna vez se liquidó al fascismo, y sea posible devolver, aunque sea, la precaria estabilidad que un día disfrutó el Oriente Medio.

Para alcanzar estos cometidos en un plazo razonable no basta la ira, por justificada que sea, ni los aviones o las bombas. Se necesitan estrategias inteligentes, consensuadas, y coherentes. Allá nos vemos.

La Habana, 17 de noviembre de 2015